La pesadilla de llegar al sueño americano

La pesadilla de llegar al sueño americano

Era una mujer con un niño, ella no aparentaba más de 22 años y él apenas uno o dos. La piel de ambos estaba rasgada y él tenía escoriaciones en la cabeza. Un sobre en su mano con una nota en ingles: «Hola no hablo ingles, voy a Indiana. Indíqueme mi siguiente bus». Debe ser el letrero más ignorado de la historia, nadie trataba de ayudarle en aquella estación de buses de Atlanta Georgia.

Yo que estaba impaciente por haber perdido mi vuelo y ya algo resignada de viajar en bus me acerqué a ella para indicarle cuál era su bus y el tiempo de espera.

Me dijo: «Es que no habló inglés y este sobre me lo dieron en el refugio». Acerté, tenía 21 años venía llegando de Venezuela tras su paso por el desierto.

Empezó a contarme de ella y la razón de su viaje.

—Mi marido se vino tiempo atrás con mi hija mayor y me mandó para que nos viniéramos nosotros dos porque en Venezuela estábamos muy mal. Llegamos a México y nos encontramos con la persona que nos cruzó; era un niño como de 13 años. Nos hizo esperarlo en un monte todo el día acostados sin hacer ruido y resulta que mi niño se enfermó y le salieron granitos en la piel no dejaba de llorar y yo ya no sabía cómo callarlo. En la noche, cuando empezamos a cruzar llegó la migra, pero yo lo agarré y corrí detrás de un grupo y cuando vi ya estábamos en la carretera de este país. Esperamos por la policía y nos entregamos.

—Llegamos al refugio —continuó ella mientras su voz se entrecortaba—. Nos separaron y quitaron todo lo que traíamos porque veníamos muy sucios y a él lo llevaron a atenderlo, resulta que tenía viruela[sic] y a mí me dejaron del lado de las mujeres. Eso parece un congelador y no se puede ni dormir porque el espacio es muy pequeño para tantos.

Mientras me contaba su historia, un hombre nos interrumpió para agregar: «Eso sí es verdad, yo estuve ahí», en su voz reconocí un acento familiar y le pregunté:

—¿Es también usted venezolano?

—Y maracucho —respondió con una sonrisa amplia.

Ella seguía contando cómo fue seleccionada para salir del refugio y acogerse a un programa de inmigrantes y le entregaron ropa nueva, un pasaje para Indiana donde su esposo trabaja y el sobre con copia de aplicaciones de asilo.

Decidí ser curiosa y preguntarle si había valido la pena esa travesía y con mirada esquiva respondió:

—Bueno, voy a ver a mi marido, a mi hermano y a mi hija; ya vamos a estar todos juntos.

La joven seguía hablando y un cambio fugaz en su mirada hizo que se iluminara al decir:

—Lo mejor es que voy a ahorrar mucho y me voy a traer a toda mi familia.

—¿A quién dejaste?

—A mis hermanas, sobrinos y mis papás; pero de a poco me los voy trayendo —su voz guarda esperanza y nostalgia.

El otro venezolano seguía ahí esperando contar su historia. Juan, ese es su nombre, es licenciado en educación y su esposa ingeniero, tienen una hija de 9 años y el resto de su familia ya está en Estados Unidos, pero con visa «porque a ellos sí se la aprobaron». Me dijo Juan con algo de rencor en su voz.

Un educador venezolano gana cerca de 2 dólares al mes en un país donde la inflación galopante asfixia para el ciudadano de pie la posibilidad de alimentarse.

—Yo no quería emigrar a Sudamérica porque es más de lo mismo, yo decidí entrar a Estados Unidos y aquí estoy.

Juan llegó a México con 2 mil dólares prestados. De ahí se trasladó a Tijuana, pero en sus palabras, no es como lo pintan, es peor.

Tijuana es una ciudad fronteriza de México que se encuentra al sur de California donde centroamericanos y sudamericanos soportan la ardua travesía al norte.

—Llegamos a un hotel y contactamos con el coyote —Es el término que se utiliza para referirse a una persona a quien se le paga para transportar a escondidas a inmigrantes ilegales para cruzar la frontera entre México y Estados Unidos—. Un niñito que al verlo pensé que era una broma. Me imaginaba a un coyote grande, un señor estilo película del lejano oeste —se reía Juan de su propio comentario—. Cuadré con él que fueran $800 porque no tenía más y él aceptó.

El precio de pasar a Estados Unidos por los caminos ilegales oscila hasta los $7000. Sin embargo, hay ciudades donde disminuye ese valor dependiendo del riesgo y los beneficios que incluyan los paquetes organizados por las mafias locales. La cuota del cruce sufre inflación porque hasta hace poco tiempo se hablaba de $4000 dólares como máximo. No obstante, siempre se puede regatear con los contrabandistas y llegar a acuerdos de pago.

—Esa misma noche me llamaron de la recepción porque alguien me esperaba, al bajar me sorprendí al ver que se trataba de unos hombres con un aspecto intimidante y me dijeron que si no entregaba $1000 se llevaban a la niña y a mi esposa. Les dije solo llevo $500 y no mentía, ya había gastado los dos mil entre el coyote, los vuelos internos de México y los hoteles. Ellos aceptaron, pero tomaron todo el equipaje.

Esta situación es común en Reynosa, Tamaulipas, donde la alcaldesa ha mencionado que reina el peligro de los secuestros y extorsionadores. Los delincuentes se aprovechan de los migrantes o los reclutan para unirse a sus filas.

—Nos quedamos sin nada, ni ropa, ni dinero, ni teléfonos; perdidos esperando que el coyote cumpliera su palabra de buscarnos al día siguiente. Era joven pero cumplidor, allí estaba como un reloj suizo a las 5:00 a.m. dispuestos a llevarnos al cruce. Me dijo: «son del grupo 12, no salgan hasta escuchar que yo diga grupo 12 y reconozcan mi voz. Manténgase acostados y no hagan ruido porque a ustedes los venezolanos les gusta ponerse a hablar en el monte». Juan añadió:

—A los pocos minutos escuchaba ruido, voces y las reconocí: más venezolanos —dijo Juan con cierta alegría.

Su comentario me hizo sentir lo mismo, pues cada vez que escucho un acento venezolano me produce la alegría de quien se encuentra en medio de la nada o lejos de un familiar.

—No sé por qué me sentía seguro de saber que había paisanos. En eso me escucharon y preguntaron: «¿hay un maracucho por ahí?», y respondí: «¡sí, pero no hagáis ruido!» Nos reímos y empezó un largo silencio otra vez. Mi niña no decía nada, pero tenía miedo. Yo sentía sus dedos aferrados a los míos y es una señal que acostumbra a hacer desde pequeña cuando siente pánico y eso era mi frustración —Inmediatamente los ojos de Juan se llenaron de lagrimas y después de carraspear para aclarar su voz, continuó:

—Escuchamos muchas veces gritos que decían «grupo 12», ninguna era la voz del coyote y mi esposa me decía con la mirada que no saliéramos. La espera fue larga y finalmente sentimos alegría cuando el coyote gritó «grupo 12». Salimos y éramos venezolanos, nada más y nada menos que 30 en total.

Juan agregó: el cruce fue por el río y fue muy rápido, todos corríamos como locos, pero en el río esperamos un ratico porque se pasaba en cauchos y estaba un poco alto. En un momento el coyote nos dijo sigan derecho corriendo y ahí llegan, yo hasta aquí los acompaño. Corrimos y llegamos a una autopista, sabíamos que esa era la señal de estar en Estados Unidos. Esperamos mucho para que llegara la migra ya que no pasa tan seguido como dicen.

Tras cinco días en el refugio, Juan y su familia fueron presentados ante una oficina; de Inmigración. La voz de Juan en este punto de la historia era como la de un niño que quiere ser consolado.

—En la oficina nos dijeron que Estados Unidos nos daba la bienvenida al ser seleccionados por el programa de refugio. Llamé a mi hermana que está aquí y a mis sobrinos, nos mandaron dinero y en el refugio nos dieron el resto de dinero, así como la ropa y las pertenencias que teníamos en una bolsa cuando llegamos. Encontré a los otros venezolanos que venían con nosotros, todos sonrientes porque ahora estaban seguros de entrar.

Dijo: me reuní con mi familia aquí en Atlanta y ahora voy a Miami a buscar un trabajo, ya hace un mes que llegué, pero extraño ver el cielo desde el solar de la casa de mi mamá y oler el café mientras ella me decía «mijo ya está, ¿vos no vais a tomar?». Yo pensé que era el primer venezolano que cruzaría por ese paso, pero resulta que ahora somos los nuevos hondureños —agregó con sarcasmo y risa.

Me despedí de los dos venezolanos, ambos con ilusión; la primera de ver a su familia y el segundo de conseguir un trabajo. Recordé la famosa frase de Radio Rochela (programa de televisión venezolana) «´tá barato, dame dos», haciendo referencia a los venezolanos cuando llegaban a Miami para disfrutar de unas vacaciones y lo sarcástico que aquello parece 23 años después cuando el Departamento de Seguridad Nacional (DHS por sus siglas en inglés) reporta más de un millón de venezolanos detenidos en el intento de cumplir su sueño americano.

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